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Gotas.

24 December 2009
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Sí, gotas. Pequeñas cantidades de cualquier líquido que puedas o no mencionar. Gotas cortan mis falanges como si fueran las dagas de Rafael. Estoy tranquilo. No son precisamente de esas gotas que chorrean por tu frente durante tu último sprint o de esas que se deslizan rápidamente sobre tu cuerpo mientras…, jajaja, mientras cualquier cosa que te agite esté pasando. Son gotas que se han tomado su tiempo en un mundo donde la vida se desgasta como un balón de soccer hecho gajos. Pensé de pronto que el mundo está sufriendo aquellos relatos apocalípticos ahora y luego contuve la tristeza.  Volví a la normalidad en un minuto. Son de esas micro-depresiones que me mantienen vivo durante ratos de sosiego. Es algo tan natural como cagar para mí, así que estoy acostumbrado.

Las gotas ahora estaban en la mesa y se dilataban con lentitud. Aquel espectáculo era digno de un boleto de 300 dólares del Cirque du Soleil para esos corporativos de mierda y el séquito que aparece detrás de ellos. Les urge un poco de humanidad a los cabrones, ¿no? Un poco de polvo en la cara y algunas magulladuras leves en los labios de tanto estar de sol a sol forjando un castillo; también de la gloria posterior que nos trae la necesidad de beber, de comer o incluso de abrazar a tus seres queridos al llegar a casa. A algunas personas que incluso no son grandes CEOs, son de igual manera unos sonámbulos testarudos con delirios de grandeza. Aún más patéticos que los trajeados que les menciono. Les hace falta abrir los ojos. Como yo lo hacía ahora.

Apenas levanté el pie y di una patada sin dolor a la estructura del gabinete. La volví a acomodar y di un suspiro que casi me revienta los botones de la camisa. Pareciera como si hubiera sentido algo sobrenatural en aquella mesa, pero me distraje y olvidé lo que pensaba.

Despegué mi mano del vaso y ahora tenía gotas en la palma. La ‘exprimí’ de alguna forma empuñando y vi como el agua caía con una violencia diminuta sobre el plato. Sentía que era el piloto de un bombardero, soltando la carga sobre Nuremberg o algo así. De lo poco que quedó, lo usé para frotarme la frialdad en la cara. Le di un sorbo a lo poco de agua que quedaba, y me fui, dejando sola a aquella resolana que me acompañaba en el ventanal, justo a lado de un espacio vacío del gabinete. Aquello era un tugurio pero pude asirme de su historia el poco tiempo que me senté; me puse a admirar aquellos espectáculos cotidianos abandonados. Como las gotas de un vaso. Sí, gotas. Pequeñas cantidades de cualquier líquido que puedas o no mencionar. Gotas cortan mis falanges como si fueran…

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